Todo lo bueno que sé lo aprendí de las mujeres

by Tryno Maldonado, recomendado por The Buenos Aires Review

Una introducción por Jennifer Croft

Este cuento es una magnífica introducción a la obra del escritor mexicano Tryno Maldonado, y se presenta acompañado por una elegante y ágil versión al inglés a cargo de la traductora y crítica norteamericana Janet Hendrickson. A lo largo de trece ráfagas de prosa amable y atractiva, “Todo lo bueno que sé lo aprendí de las mujeres” logra poner en duda las clases sociales, los géneros, la sexualidad, la identidad nacional, los orígenes del significado y de la violencia, la corrupción política, los sindicatos, el psicoanálisis, Cormac McCarthy y mucho más. El joven narrador va tomando conciencia del mundo con tal claridad y sensibilidad que todo eso queda rezagado, pero que volverá al primer plano cada vez que el chico enfrente (o se esconda de) un nuevo desafío u otro de sus fracasos protosexuales, extrañamente dulces en la voz del autor. Maldonado es un escritor brillante cuya capacidad natural como narrador se equipara solamente al compromiso intenso y sincero que tiene con sus personajes y su sociedad. Su quinto y más reciente libro, Metales pesados, está compuesto por cinco cuentos que transcurren, según sus palabras, “en esa gran franja gris entre la metrópoli y el campo, donde hay otros cien millones de personas que la literatura mexicana no había tomado en cuenta”. Cuando cuarenta y tres estudiantes desaparecieron en otoño del 2014 de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, Maldonado no hizo como otros activistas de la élite cultural mexicana: demandar justicia y transparencia desde diarios y revistas. En cambio, Maldonado se mudó a Guerrero, epicentro de las desapariciones, donde empezó a dar clases de escritura en la Escuela Normal y conversó con los familiares de los desaparecidos sobre cómo se sentían y qué ayuda necesitaban. Así descubrió que la mayor parte de esas familias estaban compuestas por trabajadores rurales extremadamente pobres y sin educación formal, que marchaban por los desaparecidos en desmedro de su salud, de sus animales y de su trabajo. Como escribió Maldonado, “han dejado todo para pedir lo mínimo que se puede pedir en un país que se dice democrático”.

“Todo lo bueno que sé lo aprendí de las mujeres” es en el fondo una historia sobre sustituciones y reemplazos: la principal protagonista femenina de este relato es a la vez una madre, una maestra y una frágil figura de cerámica a punto de romperse irremediablemente. El narrador compite con una sucesión en apariencia interminable de chicos más adecuados que él para ser el favorito de esta mujer, y transforma al niño blanco y rico que detesta en su piñata. Los adultos emplean artificios semánticos para ocupar varios niveles de significado al mismo tiempo, sin decir nunca lo que realmente piensan. Las palabras se confunden entre sí, o son a propósito deformadas y lúdicamente transformadas: en una escena hacia el final del cuento, el chico le grita a su padre, en una mezcla penosa entre sinceridad y desesperación, “vete a la alberca”. Por eso “Todo lo bueno que sé lo aprendí de las mujeres” también alcanza su plenitud con la traducción, en este caso a través de Janet Hendrickson, cuyo hábil inglés reemplaza con altura el espléndido castellano original.

Maldonado también mantiene una cuenta de Instagram donde publica emotivas fotografías de Ayotzinapa, entre otras; pueden seguirlo allí y en Twitter como @tryno.

Jennifer Croft
Editora Fundadora, The Buenos Aires Review

 

 

Todo lo bueno que sé lo aprendí de las mujeres

by Tryno Maldonado, recomendado por The Buenos Aires Review

Mi madre es educadora. Maestra de preescolar. Si quieres joder las relaciones amorosas de un varón con las mujeres para el resto de su vida, no hay método más eficiente: inscríbelo en la clase de su madre en el preescolar. ¡Buena suerte, Freud! Con el tiempo he desarrollado la creencia de que mis relaciones con las mujeres no son más que una emulación tras otra de aquélla, mi relación platónica y tormentosa con mi profesora de preescolar. Que resultó, de paso, ser mi madre. Los mismos anhelos, la misma idealización, las mismas expectativas. Las mismas escenas de celos. Los mismos errores. Ah, Freud… Un día, a los seis años, mi madre me sorprendió masturbándome con unos calzones suyos que dejó secando en la regadera. Fui acusado. Mi abuela Amparo me dijo esa misma tarde que ardería en el infierno por ser un puerco y apagó las ascuas de su puro en el dorso de mi mano como un anticipo de lo que se me tenía reservado en el infierno. Freud… ¡Me cago en Freud!

A mi abuela Amparo le gustaba fumar puros por las tardes mientras tejía con ganchillo y chismeaba con sus nueras. Tomaban un café negro muy aguado en pocillos de peltre y fumaban. A veces, y sólo si mi abuelo no estaba, mi abuela echaba a escondidas un chorrito de mezcal en su café y en el café de las nueras. Nunca entendí por qué todas esas señoras, mis tías políticas, se reían tanto y tan escandalosamente. Su risa se oía incluso hasta la tienda de abarrotes de la esquina adonde me mandaban a comprarles más cigarros. Un día me tomé a escondidas el café de mi abuela. Remojaba un dedo y me lo llevaba a la boca de rato en rato sin que ella ni mis tías se dieran cuenta. Ese día tampoco pude dejar de reírme con ellas.

A mi madre le gustaba inventar palabras. O las había aprendido quizá de su madre y ella, a su vez, las había escuchado en el rancho donde nació. No lo sé. A mis hermanos y a mí nos decía, por ejemplo, que nos habíamos “reborujado” con el cambio o en alguna operación aritmética. Cuando lo que quería decir era que nos habíamos “confundido”, o nada más que estábamos equivocados. No te reborujes, decía. Uva se escribe con v, no con b. Había otras, que naturalmente, eran de su propia cosecha. Chucitos. Era como nos llamaba a mis hermanos y a mí. Según ella, yo era una mezcla entre Chucky, el muñeco diabólico, y Bruce Lee. Bruce Lee era por entonces mi ídolo, mi modelo a seguir. De él solía imitar las patadas voladoras como con las que había vencido a Karim Abdul Jabbar, sólo que yo las aplicaba contra los dientes de mis hermanos. Bruce Lee. Chucky. Chu-cee. Chu-ci. Diminutivo: Chucito. Mi madre. Así era. Las veces en que mi padre nos golpeaba con un cable de cobre en las nalgas y en los muslos por haber hecho alguna travesura, mi madre (aunque al principio del lado de mi padre) venía a consolarnos. ¡Chucitos!, decía. E invariablemente nos sacaba una sonrisa indecisa entre lágrimas que enseguida se transformaba en una carcajada. ¡Chucitos! Y mis hermanos y yo reíamos de nuevo.

Tengo varias cicatrices de quemaduras como callos en las manos. Mi abuela Amparo me las hacía con su puro encendido cada vez que mi madre iba a contarle desesperanzada que, de nuevo, me habían suspendido de la primaria por masturbarme durante la clase. Enséñame la mano con la que lo hiciste, decía mi abuela Amparo y me acercaba el puro encendido. Tú no te vas al cielo, decía. Yo entendía: Tú eres mi cenicero.

Entre las muchas escenas de celos que le gastaba a mi madre cuando fui su alumno durante el preescolar, recuerdo varias. Ser el hijo de la profesora llevaba consigo ciertas prebendas, privilegios. Y como además era el más avanzado de la clase, gozaba de impunidad académica (la hermana de mi madre, profesora de primaria, hacía tiempo que me había enseñado a leer y a escribir). Yo les ponía apodos bastante crueles a los otros niños de los que mi madre se ocupaba más que por mí, sobre todo a los que tenían algún defecto físico o eran muy tontos. Como al Doctor Celebro (que no Cerebro). El Doctor Celebro era un niño con síndrome de Down que iba en nuestro salón porque en mi pueblo no existían escuelas de educación especial. O al Patas de Oro, un niño de piernas lisiadas por la polio que debía usar bastones ortopédicos para caminar a duras penas y que yo torturaba haciéndolo correr detrás del balón de futbol durante el recreo. No reducía mi nivel de terrorismo de baja intensidad contra esos mocosos que se hacían pasar por hijos espurios de mi madre hasta que sus padres venían a quejarse amargamente con la maestra (o sea, con mi madre). A los más ricos, hijos de abarroteros y de profesores, yo solía robarles sus cosas en venganza si mi madre les ponía una estrellita en la frente o si se tomaba una foto con ellos durante los festivales. Crayolas caras, pegamento en envase de elefantes azules, plastilina en botecitos de colores, gomas para borrar con olor… Todo lo más bonito y caro del salón terminaba, sin variedad, en mi mochila. Es decir, en la mochila del hijo ejemplar de la maestra. Quien no quisiera pagar tributo sabía que se exponía a ser tildado con el peor de los apodos durante todo el año, o a verse obligado a que yo lo orinara encima o le tusara el cabello con mis tijeras Barrilito. Saboteaba los festivales si veía que mi madre se mostraba complacida con el talento de tal o cual niño para, digamos, cantar sin cambiar la letra o pegarle al pandero sin cagarla demasiadas veces. Como me tocaba formar detrás de todos por mi estatura, empujaba al del pandero o al que tuviera delante con todas mis fuerzas durante las presentaciones, luego me quitaba el zarape de pastor de pastorela y el imbécil sombrero de paja y los pisoteaba en el escenario. Y todo, desde luego, para reclamar la atención de la profesora (que era mi madre). A veces, mientras el resto de los niños trazaban estúpidamente planas de círculos de colores con crayolas en el salón, me gustaba irme a un rincón y masturbarme hasta que mi madre (es decir, la profesora) venía a prohibírmelo.

Mi abuela Amparo era de rancho. Ella y su familia vivieron de lleno la Revolución en Zacatecas. La Revolución. Una época de bárbaros del norte que en mi mente infantil servía para explicar por qué mi abuelo cargaba pistola en el cinturón o por qué mi abuela era la persona de este lado del hemisferio que mayor número de groserías podía escupirle en los ojos al primer desdichado que se le atravesara. Soltaba más leperadas que sus trece hijos juntos y que mi abuelo. Jamás dejaba de sorprenderme su amplio arsenal de mentadas. Algunas me parecían tan ingeniosas que me gustaba repetirlas en la escuela incluso sin saber qué significaban. Me volvían invencible. Pero cuando mi madre me sorprendía repitiendo las chingaderas que yo aprendía de mi abuela, me forzaba a tragarme un puño de jabón para lavar trastes y me tapaba la nariz hasta que me lo pasara. Mis primos, hermanos y yo sabíamos que era mejor no hacer enojar a mi abuela. Un peso de menos en el cambio cuando nos mandaba a la tienda de la esquina, una orden mal ejecutada y ya estaba. El riesgo era que soltara toda su batería de maledicencias sobre uno como insecticida sobre un insecto. Casi nunca nos pegaba, y a veces hasta nos solapaba e intercedía por nosotros con mi abuelo. Era mi abuelo quien sacaba el cinto de cuero a la menor oposición. Lo remojaba en agua, nos ordenaba bajarnos los pantalones hasta las rodillas y enseguida nos azotaba. ¡Dolía hasta la médula! A mis primos y a mí nos quedaban durante días unas franjas granates cruzadas en los muslos y en el culo. Había que dejar pasar una semana para poder volver a sentarse. Pero a los pocos días volvíamos a caer en la ilegalidad como forajidos curtidos por el castigo. Mi abuela, en cambio, era capaz de pisotearte y matar para siempre tu ridícula e insignificante alma de niño con dos o tres palabras llenas de veneno. Me doblada de risa escucharla decirle a alguien más “Váyase a la verga”. Aunque lo que yo entendía era: “Váyase a la alberca”. Decía mi abuela: “Ese cabrón es un pinche culero de mierda”. Y yo entendía: “Ese carbón es chinche en Kool-Aid de fresa”. Mi abuela le gritaba a alguien furiosa: “Chinga a tu madre”. Y yo entendía: “Si un gato muere”.

Una vez nos reunieron a todos los de mi salón. Mi madre (es decir, la profesora), nos acomodó en fila y salimos al patio de recreo. Hay un niño en este kinder que está enfermo, nos dijo la directora por el micrófono que se usaba sólo los lunes para los honores a la bandera. Es una enfermedad muy contagiosa, dijo. A ese niño enfermo le gusta tocarse sus partes delante de los otros niños y niñas. Así es que vamos a tener que suspenderlo para que no contagie a sus compañeros. Eso dijo la directora y, quién sabe por qué, a partir de ese día gocé de dos semanas de vacaciones.

Desde niño fui un caso extraño. Eso me dijo la directora del kinder hace poco, cuando la volví a ver. Extraño. Del latín extraneus, del exterior, extranjero, raro. Pasé a ese mismo kinder a recoger al hijo de mi hermano y le pregunté a la directora si se acordaba de mí. Hizo un gesto de espanto. Casi se santiguó. Que era un niño muy raro y que ya no sabían que hacer conmigo. Eso dijo. Yo no hablaba con el resto de los niños más que para ponerles apodos o amenazarlos. No socializaba durante el recreo. Y cuando había una excursión al exterior, me plantaba en un rincón con los brazos cruzados y ya nadie (ni la directora, ni el maestro de educación física, ni el presidente de la República) me movía de allí. Me quedaba todo el día sentado, en silencio, a esperar a que volviera mi grupo de la calle. Casi siempre, a la vuelta de la excursión, me encontraban con los pantalones del uniforme y los calcetines orinados. Mi orgullo no admitía moverme siquiera para ir al baño. Pero, en cambio, mis calificaciones me permitían estar en la escolta del kinder y yo accedía por una sola razón: la abanderada, una niña morena y delgada, usaba para las ceremonias unas botitas blancas de piel, nuevas y muy monas. Esos días en que tocaban honores a la bandera, ya por la tarde, cuando mi madre y yo íbamos de vuelta a la casa, me gustaba recostarme bocabajo sobre el asiento trasero del Volkswagen y restregar la ingle contra el hule espuma pensando en las botitas blancas de piel de la niña que llevaba la bandera.

La calle de mis abuelos donde mis primos y yo pasamos la infancia aparece en una novela de Cormac McCarthy. La calle por donde cruzan los vaqueros de McCarthy era la calle en la que nosotros cazábamos ratas con tira-fichas y jugábamos futbol. En una ocasión, una vecina de mi abuela con la que creo que estaba enemistada, llegó a tocar a la puerta. Se veía muy agitada. Fui yo quien abrió. Había salido temprano de clases y la casa de mi abuela estaba a unas cuadras de la primaria. La vecina llegó a quejarse amargamente conmigo. Gritaba mucho y movía los brazos. Mi abuela vino a defenderme de aquella señora histérica. Se hicieron de palabras. Aparentemente algo muy malo había hecho uno de los hijos de mi abuela con una de las hijas de aquella vecina. No entendí muy bien, pero estaba claro que era algo grave lo que fuera en que había incurrido alguno de mis doce tíos. O incluso mi padre. Me fui a esconder detrás de las enaguas de mi abuela Amparo. Dígale a su hijo que no vuelva a meterse con mi hija, le gritó la vecina. ¿Cuál de mis trece hijos, señora?, dijo mi abuela. Pues cuál va a ser. El más borrachito de todos, dijo la vecina. Con mucho gusto, señora, dijo mi abuela. Pero dígale a su hija que se ande con cuidado. ¿De cuál de todas mis hijas me habla?, dijo la vecina. Pues de cuál va a ser. De la más puta de todas.

10.

Jamás me atreví a hablarle a aquella niña que era la abanderada en el kinder. No puedo decir que me haya gustado su cara o que estuviera enamorado de ella. Ni siquiera me acuerdo cómo era. Llegué desde el primer día a la conclusión de que lo que me perturbaba de ella, lo que durante las noches me provocaba inquietud y ansiedad, era en realidad la contemplación de sus botitas blancas de piel que le llegaban hasta las rodillas. Era una fiebre ingobernable que me hacía querer restregar a todas horas la ingle contra prácticamente cualquier superficie blanda. Era como una enfermedad. Incluso mis padres me llevaron al médico con la esperanza de que lo mío tuviera una cura. Pero nada. Mi madre no sabía que hacer conmigo. Mi abuela Amparo me mandó a hacer una limpia con hierbas y un huevo podrido y me ordenó hacer una misa. Nada. Me masturbaba en la escuela. Me masturbaba en el baño. Me masturbaba en la cama. Me masturbaba en el coche. Me masturbaba en la calle. Me masturbaba durante la quinta y sexta entradas de los partidos de béisbol debajo del guante. Me masturbaba los domingos en la iglesia. Me masturbaba incluso dormido. ¡Era un campeón precoz de la puñeta! Había días, literalmente, que no bajaba a comer para no privarme del placer de frotar mi ingle contra el colchón imaginando las botitas blancas de piel de la niña que sostenía la bandera con el águila y la serpiente. Jamás en mi vida he vuelto a tener una temporada de tan ferviente patriotismo. Mi abuela, en castigo, me quemaba la mano con la punta de su puro cuando se enteraba de mi afición por la puñeta y repetía la consigna del infierno. ¡Qué me importaba el infierno si me llevaba conmigo el recuerdo de esas botitas de piel tan blancas y tan nuevas marcando el paso!

11.

¿Por qué mi madre, esa muchacha guapa de veintinueve años de la que todos los otros alumnos se enamoraban y demandaban a gritos su atención, no tenía ojos para mí durante las clases? Nada más traspasar la puerta del aula se volvía otra persona. ¡Cuánta frialdad! Sentía ganas de reventarme la cabeza a golpes contra la pared por los celos. Había, por ejemplo, un niño listo. Era un güero de familia rica que acaparaba la atención de mi madre durante las clases. Para su cumpleaños los padres nos llevaron una piñata. Una piñata cara, de esas bonitas pero tan mamonas que no te atreves a tocarlas para no echarlas a perder. Yo era más alto que el resto de los alumnos. En las fiestas infantiles (excepto las de mis primos que eran igual o más altos que yo) me tocaba siempre darle a la piñata hasta el final de la cola. Además, jugaba béisbol. Era famoso por la amenaza de mi poder destructivo contra la producción nacional de piñatas per cápita. Y el día del cumpleaños del niño güero y rico aquel, el consentido de mi madre (es decir, de la profesora), por supuesto que no iba a ser la excepción. La piñata apenas había recibido algunos impactos de los otros niños en la fila y había perdido un bracito o una pierna. Y allí voy yo, el último al bat, tomando impulso como si sujetara de veras un bat de béisbol en la caja de bateo. Los otros niños hacían una rueda alrededor y me cantaban y me aplaudían entusiasmados para que la quebrara. Pero el escándalo, la corredera y la gritería que se desató después de mi primer golpe fue superior a todos mis planes. Mi madre y las otras maestras salieron disparadas a levantar al niño rico con la nariz rota para llevárselo de inmediato al hospital. Gritaban y manoteaban histéricas. El uniforme del kinder le quedó completamente ensangrentado. Parecía mentira que una criatura tan frágil, pequeña y delicada pudiera producir tales cantidades de sangre. Fue mi madre quien le sujetó la cabeza sobre los muslos antes de que se lo llevaran. El delantal le quedó manchado con la sangre del niño mientras ella trataba con desesperación de contenerle la hemorragia sin éxito. Salí corriendo a esconderme en los baños de la escuela aún con el palo de la piñata entre las manos, todavía enervado por el impulso contradictorio del resentimiento de ver a mi madre sosteniendo la cabeza sangrienta de su alumno favorito sobre sus piernas y el placer secreto de haberle matado (en ese momento creí que lo había matado) a ese hijo espurio que ni era su hijo ni era yo, una sensación morbosa como una droga que pocas veces he podido volver a experimentar. Salvo un par de años después, cuando le arranqué un pedazo de la oreja a mi hermano.

12.

El día que murió mi abuela Amparo me negué a ir a su entierro. Mi madre nos vistió a mis hermanos y a mí con la mejor ropa que teníamos (que era la que ella compraba en un mercado de segunda mano y que yo heredaría a mis dos hermanos menores cuando ya no me quedara). Nos pasó un peine con limón por la cabeza hasta quedar los tres con los pelos como una sopa. Mis padres y mis hermanos se subieron al Volkswagen. Pero yo no quise. Ya íbamos con retraso al entierro. Cuando mi padre, enfadado, vino a averiguar dónde me había escondido, me encontró metido en la cama, debajo de las sábanas, con los pelos revueltos, sin ropa. Vístete y métete en el coche con tus hermanos si no quieres que te rompa la madre, dijo levantando el puño. Era lo que decía mi padre cuando más furioso estaba. Romper la madre. Y yo obedecía porque me imaginaba a mi madre rota como una figura de cerámica que se caía al suelo y se reventaba en mil pedacitos y me daban ganas de llorar. Vete a la alberca, dije colérico. Mi padre no se lo podía creer. ¿Qué dijiste? Que te vayas a la alberca, dije de nuevo. Sólo hasta que volvió en sí luego de la inusitada respuesta que había recibido a su mandato (el primer acto de rebelión en su casa), apretó los dientes y fue y me sacó de la cama por los pelos y me dio la peor paliza que jamás me había dado en su vida. Me golpeó fuerte, tal como yo había visto que él golpeaba a otros adultos de su peso y de su tamaño en las peleas que se suscitaban durante los partidos de futbol. Vete a la alberca, volví a decirle entre sollozos. Esta vez mi padre ni siquiera me miró. Salió del cuarto azotando la puerta. Luego escuché que mi madre arrancaba el motor del Volkswagen y que el sonido se perdía calle abajo. Hubo silencio en toda la casa. Me abordó una mezcla de coraje, impotencia y desolación al saber que mi familia se marchaba sin mí. Ellos cumplirían cabalmente con su responsabilidad como el hijo, la nuera y los nietos que eran. Lo que, por pura contraposición, me volvía a mí un canalla ante los ojos no sólo del resto de la familia, sino del resto del mundo. Un hijo de puta, diría mi abuela. Lo que sentía era un coraje y un odio dirigidos, sobre todo, hacia mí mismo por la terrible afrenta que le estaba haciendo a mi abuela. No sólo al faltar a mi deber como nieto en su entierro, sino por el hecho de que, por más que me esforcé ese día en ello, de veras no conseguí sentir tristeza ni fingir tristeza por su muerte. Juro que lo intenté. Lo intenté con todas mis energías. Era mi primer encuentro con la muerte y la verdad es que la muerte, ahora que la tenía tan cerca, me daba igual. ¿Qué clase de persona era? Quizá la directora del kinder se refería a eso cuando decía que yo había sido un niño extraño. Era un monstruo. Un extraño. Extraenus. Un extranjero que contemplaba desde el exterior la experiencia humana. Fue lo que pensé entonces, a los seis años de edad, y no pude deshacerme de esa imagen de mí mismo, de fenómeno, en muchísimo tiempo. Había creído que cuando alguien de mi familia muriera iba a ser un día tristísimo. Que habría rayos y truenos y que muy probablemente lloviera y que yo enloquecería por el dolor frente al ataúd. Pero nada de eso ocurrió. Esa tarde incluso vi Mazinger Z, mi caricatura favorita, sin el menor remordimiento, a pesar de la prohibición explícita de mi madre de no encender la televisión durante el duelo. En cambio, me sentí miserable por no experimentar ese dolor bíblico que creí que me partiría de la cabeza al cóccix como un relámpago. Sería el único de toda la inmensa prole de nietos que le negaría el último gesto de gratitud, la llamada última despedida, a mi abuela. Me quedé en el suelo, donde mi padre me había dejado luego de darme la paliza, y lloré pensando en lo ignominiosamente egoísta que era, en la atroz clase de ser humano que, a diferencia de mis muchos primos y a diferencia de mis dos hermanos, era yo por no sentirme triste por la muerte de la madre de mi padre, la atroz clase de ser humano que era yo por no sentirme triste por la muerte de mi abuela.

13.

El día del incidente con la piñata y la nariz rota del niño rico, descubrí a mi madre llorando en el baño de nuestra casa. Aparentemente la directora la había reprendido con severidad. El niño rico resultó ser hijo de un regidor local del PRI, por entonces el partido de Estado, y la cosa se pondría más oscura en delante para mi madre. Por mi culpa. Pero yo no tenía manera de saberlo, ni mucho menos de comprenderlo. A mi madre la habían suspendido. Y no sólo eso, sino que a raíz del incidente con el hijo del regidor del PRI, la harían cambiarse de zona. En castigo, la trasladaron a una escuela preescolar fuera de la capital. En aquel municipio conurbano al que fue enviada en represalia, mi madre trabajó el resto los días de su vida profesional, hasta su jubilación. Es decir, durante más de treinta años. Sólo la intervención del sindicato de profesores (también afín al PRI) evitó que mi madre fuera echada sin más. Mi madre jamás me propinó un castigo por lo del niño de la nariz rota. Era como si no hubiera ocurrido nada. Ni siquiera volvimos a hablar de ello. Ni por entonces ni ahora, que tengo más de la edad que tenía ella en ese tiempo. El día del incidente del niño de la nariz rota me desperté a media noche. Había escuchado ruidos en el piso inferior de la casa, una casa diminuta de interés social de dos habitaciones en la que la privacidad entre los cinco miembros de nuestra familia era imposible. Salí del cuarto de una sola cama que compartía con mis dos hermanos y fui al baño. El ruido que había escuchado eran los sollozos de mi madre. Lloraba desconsolada sentada sobre la tapa del excusado. Olvidó cerrar la puerta. Mi madre se sobresaltó al verme, pero de inmediato se rehizo. No son horas para que estés despierto, dijo. Tenía los ojos como berenjenas por tanto llorar. Es que tenía que decirte algo, dije. ¿No puedes dormir?, quiso saber ella. Sí puedo, dije. ¿Entonces? Chucita, dije. Chucita, dije otra vez, como un conjuro. Chucita. Y por primera vez, desde hace mucho tiempo, vi sonreír a mi madre.

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